martes, 3 de abril de 2007

Relatos: GRADOS

Francisco salió a las cinco del restaurante sabiendo que no iban a dejarle volver demasiadas veces. Ya en la calle volteó y pudo comprobar que todavía estaban en la cocina. Empujó otra vez la puerta, lo justo para poder colar su cuerpo en el interior; no quería que sonaran esas campanillas indias que avisaban de la entrada de los clientes y su dinero. Mientras se dirigía hacia detrás de la barra recordó que hoy, siendo miércoles, su hijo mayor no había hecho caja al mediodía; parecía un hombre tan ocupado que no podía atender ni a sus más obsesivas responsabilidades.

Ya sabía cómo hacerlo: agarrar justo el dinero de una mesa máximo de tres personas y, sin dilación, guardarse el ticket correspondiente. Lo hizo con tranquilidad, casi con hábito, y no pudo desaprovechar ese vaso de tubo a medio limpiar. Cogió una botella de güisqui y se sirvió. “La gente es muy escrupulosa, quieren vasos transparentes y van por el mundo eligiendo la marca de lo que beben. Como si eso fuera un acto de libertad, vaya. Todo el mundo parece tener un bouqué de cojones para los vicios: que si este tabaco tiene un punto más cálido al final, que si este rasca menos,…”. Mirando de reojo la puerta de la cocina se sirvió otro trago. “Si todos acaban haciendo humo y quemando papel igual. Eso sí, hay cigarros que hacen cagar y hay otros que hacen cagar todavía más rápido”. Se rió como a escondidas de un maestro, recordando que el remate de esa frase se lo había plantado su amigo Fernando a él y a su madre cuando discutían porque les olió a tabaco al darles dos besos. Tuvieron que empezar a correr para no volver en unas semanas, hasta que pudiera calcular que la mujer había recuperado algo de la paciencia perdida. “Pero con el alcohol, sobretodo con el alcohol de los que saben algo de la vida, el güisqui, qué más da escocés que yanki, con más o menos sabor a madera, más brillante o más pálido y acuoso. Si vas a empezar a distinguir nunca beberás bastante como para saber que las marcas te engañan y que, lo más probable, es que no haya más que un tipo de güisqui. Va, el último, que a Juan no debe faltarle mucho para dejar de magrear a esa cubana y no sería bueno para nuestra relación padre-hijo que me encontrara aquí, en bragas, mientras él se sube los pañales”.

Sacó el ardor del trago por la nariz y se palpó el pantalón para que un bultito de papel le asegurara que tenía el ticket de la mesa. Salió sin ningún sigilo, absorto en el recuerdo de lo desagradables que le habían resultado esos comensales: nunca sentíase nadie yendo de una mesa a otra para atender a los clientes, aún así le dolieron los bruscos silencios de la pareja ante su presencia, entendía que para ellos ese corto lapso de tiempo no contaba. Soportaba a muchos imbéciles a diario y su mujer, cuando le hablaba, no paraba de repetirle lo agradecido que debía estarle a sus hijos. “Sí, que buenos chicos, no han estudiado negocios pero saben cómo hacerlos. Claro… ellos me salvaron el restaurante”. Tosió y se subió el cuello de la chaqueta, había demasiadas nubes para ese sol que empezaba a debilitarse. Francisco lo miró, con cierta empatía y ya mucho más cabreado. “Mujer de dios, cómo estás tan ciega. Nunca me perdonaré haberte jodido así, quizá hubiera sido mejor que acabarás tu misma con tu infelicidad. Alguna vez te amé y no me engaño: sé que si te encerraron fue por las pruebas que utilicé en tu contra durante el divorcio. ¿Cómo iba yo a saber que los médicos están tan locos? No tenía ni idea de que encerraban a la gente por depresión”.

Siguió andando entre edificios y árboles enfermos, procurando no tropezar con los bancos despintados al esquivar a toda aquella gente con prisa. En el absurdo tiempo muerto de los semáforos se rascaba encima de la oreja y miraba tontamente el muñequito rojo del semáforo: el transeúnte por excelencia, que se pone verde de felicidad cuando lo sueltan a andar otra vez. Merodeaba ese destino, pero ya sabía que acabaría paseando por el parque. Por algo así como instinto solía acabar rodeado de césped y parados, ahí le parecía más lógico hacer uso de los bancos, aunque éstos se despidieran de uno desprendiéndose de cachitos de pintura.


* * *


- Ábrelo, a ver si te gusta.

- Sí, no lo sabremos hasta que no lo abras. Cada vez es más difícil saber lo que te gusta.- siempre por la tangente, Rubén utilizaba frases como esta para reprocharle al chico, pero también a sí mismo, lo difícil que se iba haciendo la relación ahora que el chaval empezaba a madurar. Como siempre el trabajo lo tenía agobiado, pero es que el otro casi nunca estaba en casa.

- ¡Qué guapo! Para hacer música con el ordenador. Tengo que instalarlo ya.

- Bueno, pero…

- Sí, hombre, espérate un momento, que tu madre ta preparao una tarta. Aguanta, voy a buscarla.

Se fue a la cocina. Al entrar, como sin darse cuenta, entornó la puerta con el pié. Sonó un ligero golpecito, su mujer lo oyó y levantó las cejas; al instante desatendió esa extrañeza – que empezaba a ser habitual desde hacía unas semanas – y siguió mirando al niño que se le iba del regazo. Rubén tenía el pastel enfrente, se agachó para abrir un armario y sacó una botella con vodka. Mientras buscaba un cuchillo lo bastante impresionante como para cortar una tarta de cumpleaños, destapó la botella que se había encajado entre las piernas. Únicamente un ligero tic en el labio delató la culpa ensombrecida que ardía cada vez que empezaba a sorber alcohol: los dos labios pegados a la boca de la botella y la nuez de la garganta subiendo y bajando para aligerar el tráfico. Archivó la botella y se sacó del bolsillo un pequeño estuche con láminas para refrescar el aliento.

- Ya estoy aquí. Mírala, niño, tu madre te quiere demasiado: mira con que cara te mira.- el chico dejó de leer las instrucciones de instalación por unos momentos.

- Rubén, que ya no es un niño. Que no lo ves Rubén, que se nos hace mayor ¿Y qué vamos a hacer nosotros? Que ya es mayor de edad.

- Bueno, y yo tengo 51. Así que creo que todavía puedo enseñarle un par de cosas. Supongo que este verano volverás a la tienda, ya sabes como se pone… que en vacaciones a todo el mundo le da por apañarse la casa.

- ¿Pero no era que me tocó trabajar porque me habían quedado dos? – el chaval deslizó la frase sin prisas, atento todavía al librito. Sabía que su padre tenía poca memoria, pero aunque hubiera sido verdad, Rubén le habría dicho:

- Necesitarás dinero si vas a estar todo el día por ahí. ¿Cómo piensas invitar a esa amiga tuya…?

- Bueno, suele ser ella la que paga… Pero vendré, aunque espero que este año no me quede ninguna.

El chico se comió un buen pedazo de tarta, sus padres, por el contrario, la probaron simplemente para acompañarlo; ninguno de los dos disfrutaba ya del dulce, sabor que habían dejado atrás junto a otras banderas. El televisor, como siempre, se emocionaba y se apaciguaba en un rincón, solo, hasta que alguien estuviera demasiado cansado para hacer otra cosa que ver la tele.

- Muy buena mamá, no hace falta que la guardes en la nevera porque en un par de días va a desaparecer. Ah, pero… ¿no habéis comido nada? Bueno, pues me corto un pedazo más.- agarró el plato, otra vez espléndido, y se fue a su habitación.

Rubén y su mujer se quedaron sentados en la mesa, esperando a que alguien lanzara ese televisor por la ventana y pudieran oír su silencio y empezaran a tener ganas de saber que les pasaba. Al rato se oyeron los primeros sonidos del programa de música del chaval: notas sueltas y sostenidas largamente, como para afinar un instrumento. Rubén se levantó, y dando pequeños puntapiés a la silla, comprobó que su mujer no salía del letargo. Antes de coger la chaqueta paso su mano, hinchada, por el pelo y el hombro de ella. Sin más, salió de su casa.

En la calle algo estuvo a punto de hacerle subir para echarse otro trago. “¡Maldita sea!”, casi pronunció las palabras, pero el sonido se había quedado atrapado en sus mandíbulas. Todavía le quedaba algo menos de una hora para poder ir a abrir la tienda. Evitando los bares anduvo sin detenerse por nada: esquivando personas y coches, y torciendo a derecha o izquierda cuando algún hombrecillo rojo pretendía hacerle esperar. Las manos en los grandes bolsillos cosidos a ambos lados de la chaqueta desmigajaban trozos de papel humedecido por el contacto con sus dedos. “Las calles no son tan estrechas, no sé porqué todos tenemos que ir golpeándonos. Nadie parece querer una disculpa”. Sin pretenderlo había empezado a andar realmente rápido, pronto se encontró fuera de su barrio y bastante lejos tanto de su casa como de la tienda, que estaba justo en los bajos.

Donde el verde oyó que jugaban al fútbol, con la intención de envidiar un rato aquella actividad entró en el parque.


* * *


Ya hacía tiempo que a Diego el parque no le parecía un espejismo para atenuar el cemento. En el parque Diego no escapaba, moría ahí. Desde años había cedido: aburrido o cansado, pero harto, olvidó lo que había soñado. No quería matarse, el suicidio le parecía un escándalo cansino, prefería respirar su propia muerte día a día. En aquel agujero verde presurizado que le eximía de luchar, se dejaba matar.

Su pasado podía ser cualquiera. Su presente es el alcohol, abierta y sinceramente. Puede ver a Francisco y a Diego y a tantos otros, a los que no conoce pero con los que se ve menos solo. Podría oír las historias de todos y sería extraño que alguna le provocara más que risa y desprecio. “Engañar a la vida con una amante como el alcohol, hay que ser estúpido para buscar tan triste paraíso artificial. Yo te quiero a ti y punto, de ella ya me canse. Demasiados nombres que recordar, formas que mantener, pájaros que cazar, citas que cumplir, deseos que satisfacer, nulidades que emprender,… Ya sentí demasiado. Estamos mayores para morrearnos a escondidas, te sorbo hasta el último beso y punto. Y un día será el último y entonces ya estará”.

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