domingo, 29 de julio de 2007

Fiesta mayor

Latidos de sabor amargo anudaban una noche en busca de estrellas sobre trono salvaje. Había mucha gente desfigurando su cuerpo en convulsos movimientos al son de la canción del verano, la mayoría bien comidos y vestidos excesivamente. Fueron apareciendo todos cuando ya nada podía amedrentar nuestra borrachera: mar imparable para un par de grumetes de ciudad poco acostumbrados a estos encuentros con poso de toda la vida. Un encuentro en el que ya nadie respetaba la vida de pueblo, demasiada luz, orden y preparación de requisitos; con lo que al final el pueblo ya no estaba y lo ocupaban figuras urbanas que traían su contaminación en los ojos.

Mi compañero de viaje y yo nos movíamos por allí, contemplando, seguramente más quietos y menos ágiles de lo que imaginábamos: totalmente despreocupados de esa horrible mano negra que oprime los hombros bajo el falso nombre de Dignidad. Al fin y al cabo ya habíamos cruzado ese momento a partir del cual nuestra astucia sólo debía medirse con la barra, a la que pudimos – a lo largo de la noche – irnos acercando con logrado disimulo. Desde ese hogar pudimos pasarnos la noche retando la morfoseante construcción del mundo. Las manos sujetando el balanceo de los pies que oían otra música, muy distinta a la que sonaba tan lejana a los corazones ahí presentes. Por momentos la conciencia recuperaba aliento ocupándose en analizar los detalles de las botellas (a un lado) o lo que era lo mismo, los individuos (al otro). Verticales sobre la horizontal de la tierra se ocupaban en alejarnos de aquel desierto que aún no alcanzábamos a soñar.

La tierra firme no parecía tener la intención de aparecer en ningún momento, así que sin carta alguna encontramos, detrás del brazo que nos servía los vasos, a quien sería mi Osa Mayor. En seguida tristeza, pues los árboles crecemos mal con el mar, esto iba a dificultar nuestra ascensión hacía las estrellas. Y nos vimos allí –mi amigo y yo, su aliento y el mío- teniendo que sujetar nuestras composiciones en formas más o menos aceptables. Así había transcurrido la noche y pensábamos en nublarla aún más, sin embargo la inesperada luz estelar parecía querer descubrirnos otros rincones de la sensibilidad. La realidad, puesto que había llegado el momento de reflexionar, se estaba endureciendo: nadie podía esperar encontrarse aquella noche con fuego tan radiante.


Nos alejamos a incorporar en nosotros algo de humo, fuera del bullicio, cerca de la calma de gentes más reposadas. Allí fue posible sentir con más ternura las apacibles verdades de la noche. Pero el aliento no duró y nos encontramos sentados, con la sangre en reposo provocando un exceso de pathos que complicó los silencios y desfiguró la horizontalidad de la tierra. Quisimos volver al ambiente: un triángulo de gente entre el bar, el mar y los músicos, mejor no hablar de ellos (a veces un poeta puede convertirse en un poema, sin embargo nada parecido hubiera podido pasar aquella noche). Antes de que lográramos irnos, mientras aún nos alzábamos y sentábamos, tambaleantes, vinieron unas chicas. Bocas parlantes que parecían irse ya cuando venían, pidieron algo, dos besos horribles como lo son siempre, y se perdieron con su tesoro. Nos lo robaron todo y al andar dos pasos más ya las habíamos olvidado como parte del bullicio.

Entramos en la espesura de gente, cabezas limitadas a cambios de impresiones, hasta imantarnos a la barra y sentir todo el frío de sus hielos en nuestras manos. Sí, ya lo había anunciado mi inseparable Tristeza, se estaba esparciendo el calor de sus miradas que pudieran arropar un camino iluminado. Pero como aún seguían temblándome bastante las piernas, fui a darle las mejores palabras de las que era capaz. Me vino a la mente el misterio – no sé porqué – y la literatura, por un cuento de José Mª Merino, La locura de J.L.B., que palpa las relaciones esenciales entre la imaginación y la vida del ser humano en la tierra. De ella no obtuve más que el cambio y, esta vez, enseguida otro cliente. Sintiendo toda la humedad del naufragio y ante la seguridad (no empírica señor H, es cierto) de que aparecería otra vez el Sol, fijé la mirada en la tremenda oscuridad del cielo y palpé el descalabro cósmico que reinaba en mi pensamiento: no había hilo alguno, sólo ráfagas centelleantes de nuevas ideas que no esperaban su turno para imponerse en un primer plano demasiado débil.

Especialmente borrachos, nuestro pecho empezó a imantarse esta vez a la cama, pero aún no había posibilidad de dormir, pues el sueño persistía ahora más que nunca, con la crudeza de lo inalcanzable. Un sueño jamás puede sumarse a otro sin que acaben siendo una unidad en la que no vence más que el dormir. Y no, la estrella no se había apagado, pero el tedio ya la hacía una diana inalcanzable, en el acto de desear cumplia perfectamente su función.

2 comentarios:

mariona dijo...

Bonica manera de descriure una nit de borratxera estiuenca...

(ja tocava actualitzar, eh?)

Anónimo dijo...

Muerto soy! Confesión! Estocada de las que duelen. Has estado ejercitando el plumón a mis espaldas!!!

Me alegro, porque yo he estado en dique seco y habría sido un rollo. Sigue dándole al manubrio y a ver si hablamos pronto. Como incentivo te lanzo un guante: Has estado con Carpentier ultimamente? Porque te sale un leve ramalazo barroquizante...

Ea, ahora tenemos que quedar para discutirlo.