En el pasado, el humanista podía confiar en las palabras y en su significado. El lenguaje no era – como hoy - un juego absurdo, una invención relativista individual, reinventada a cada momento como en la deconstrucción pura del posmodernismo.
Me acerco al poema de Gorostiza por la convicción de que la poesía surge de un impulso no totalmente consciente, y así puede tratar problemas filosóficos sin las cadenas del pensamiento lógico, más allá de las reglas que impone la especulación de la ratio que investiga, que persigue el saber.
¿Qué significa decir que nuestros estudiantes están investigando en el campo de las Humanidades? Escribir el dosmilésimo ensayo afirmando que Keats es un buen poeta no es investigación, es banalidad absoluta. Fruto de una delirante prisa por publicar, los periódicos proliferan más allá de la capacidad de cualquiera para leerlos. A nadie le importa la calidad, lo que cuenta es el número de artículos mediante los cuales se puede o no sobrevivir en la carrera académica.
Una de las virtudes del poema es que permite soñar que el mundo, tal y como ha sido creado, no tenía porqué ser así. La Sabiduría que habla en Muerte sin fin aconseja a Dios, en el instante anterior a pronunciar el Verbo, que no encienda su voz. ¿Y no es esto lo que desea el hombre cuando percibe la crueldad del mundo? Quizás por cobardía, soñamos con la inexistencia de algo que nos parece demasiado absurdo, a saber: que Dios haya creado este mundo.
Un ejemplo paradójico: el recién egresado matemático David Wilde demostró el último teorema de Fermat, uno de los más encumbrados del pensamiento. Necesitó siete años de reflexión, una pluma y un papel. Un mes después, en el quinto juego entre Kasparov y la caja de metal Deep Blue, el hombre ofreció una jugada de sacrificio, bastante clásica; la máquina tardó dos minutos –que en tiempo humano equivale a alrededor de ciento diez años– y respondió con una jugada que Kasparov no podía entender, y que lo llevó a escribir en sus notas: “No está calculando, está pensando”. Kasparov perdió y sufrió una crisis nerviosa. Cuando comenté el suceso con mis colegas en Cambridge, ellos me previnieron: (mirada) Ten mucho cuidado. “¿Cómo sabes que pensar no es calcular?”
Muerte sin fin encuentra aquí una clave de la condición humana: no la incomprensión ante el absurdo del terror, sino la esperanza de que este mundo podía no haber sido así. Pobre consuelo, esperanza irracional, ante <
Pero atento a la siguiente estadística: en la historia de la raza humana, de todos los hombres y mujeres a quienes podemos llamar científicos, el 96% están vivos. En otras palabras: hoy la lucidez, la creatividad y la inventiva humana están del lado de las ciencias.
No he pretendido hacer un nuevo análisis de Muerte sin fin, ni buscar nuevos secretos que el poema pueda esconder, sino llamar la atención sobre las estrechas relaciones entre cierta literatura y cierta filosofía, cuyas producciones ayudan al ser humano a entenderse en este mundo. Y realmente me parece mucho más provechoso tratar de buscar los lazos entre las producciones culturales y la existencia, a llenar hojas para especialistas que no hacen más que alejar las palabras de los hombres, de sus actos.

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